La resistencia a ir a terapia: lo que intenta proteger en ti
A veces la resistencia no es un bloqueo, sino una forma de cuidado.

A veces no es que no quieras ir a terapia.
Es más bien que, solo con pensarlo, aparece una parte de ti que se tensa, que duda y que empieza a buscar razones para dejarlo para más adelante. Como si hubiera algo dentro que todavía no se siente preparada para mirar.
Y al mismo tiempo, hay otra parte que sí quiere. Una parte cansada, que ha sostenido mucho durante demasiado tiempo y que intuye que quizá no tiene por qué seguir haciéndolo sola.
Entre ambas no hay contradicción. Hay dos formas distintas de intentar cuidarte.
La resistencia suele entenderse como un problema, algo que hay que superar para poder avanzar. Pero en realidad, rara vez aparece para bloquearte la vida. Aparece para protegerte de algo que, en algún momento, fue demasiado.
El cuerpo y la mente no funcionan desde el "ya pasó", sino desde la memoria de lo vivido. Y si en algún momento abrirse, sentir o mirar hacia dentro fue desbordante, es comprensible que ahora surja una alerta interna cuando algo se le parece, aunque hoy el contexto sea diferente.
Esa parte que evita, que pospone, que minimiza lo que sientes o que encuentra motivos para no dar el paso no está en tu contra. Está intentando evitarte una exposición para la que no sabe si hay suficiente seguridad.
No es falta de voluntad ni de compromiso con tu proceso personal. Es una forma aprendida de protección emocional.
A veces esa protección viene de experiencias previas en las que abrirse no fue bien recibido. O de momentos en los que no hubo sostén suficiente. Y entonces el sistema aprende a cerrar, contener o aplazar como forma de cuidado.
Ir a terapia no es solo hablar de lo que te pasa. Es acercarte a ello de otra manera. Es empezar a darle espacio a emociones que han estado en segundo plano durante mucho tiempo. Es poner palabras donde había confusión, silencio o sensaciones difíciles de sostener.
A veces, sin embargo, la palabra "terapia" carga con una imagen muy concreta. Como si se tratara únicamente de sentarse frente a alguien a contarle tu vida, ordenar pensamientos o explicar lo que te ocurre.
Y desde ahí puede aparecer una sensación de pereza, o incluso de desconfianza. Como si el esfuerzo fuera mayor que el sentido. Como si no hubiera mucho más que eso.
Pero quizá lo que cansa no es tanto hablar. Quizá lo que cansa es la idea de tener que sostenerlo todo tú sola mientras lo haces. Como si incluso en ese espacio hubiera que seguir funcionando sin dejarse caer del todo.
Y entonces la resistencia no es solo hacia el proceso terapéutico, sino hacia la relación que tenemos con la idea de ser acompañadas.
Porque ser acompañada no siempre es algo sencillo de habitar. A veces activa dudas, desconfianza o la sensación de que es más seguro seguir en lo conocido, incluso cuando lo conocido pesa.
No porque no haya deseo de cambio, sino porque aprender a ser sostenida sin tener que sostenerlo todo al mismo tiempo es algo que no siempre ha sido posible antes.
Por eso no todas las resistencias hablan de lo mismo.
Hay resistencias que tienen que ver con experiencias previas que dejaron huella. Otras con la dificultad de confiar en alguien nuevo. Otras aparecen cuando existe la idea de que iniciar un proceso así implica cambiar demasiado rápido. Y otras son más silenciosas: la sensación de no saber cómo sería dejarse acompañar sin tener que estar en control.
Todas ellas hablan de algo que merece ser escuchado.
Quizá no se trata de luchar contra esa parte.
Quizá se trata de acercarse a ella con curiosidad y preguntarle, sin prisa, qué está intentando evitar que ocurra.
Porque cuando una parte interna se siente escuchada, deja de necesitar empujar tan fuerte para ser tenida en cuenta. No desaparece, pero se relaja.
A veces imaginamos la terapia como un paso enorme, casi definitivo. Pero puede empezar de formas mucho más pequeñas. Un primer contacto. Una conversación. Un espacio que se prueba sin la exigencia de tener que resolverlo todo.
Sin prisa. Sin exigencia.
Y si en algún momento esto te resuena y te apetece mirarlo acompañada, puedes escribirme cuando lo necesites. A veces el simple hecho de ponerlo en palabras ya es una forma de empezar.
Y si aparece la resistencia, la duda, o incluso el no saber si es el momento… también eres bienvenida así.
Un abrazo,
Ester de la Fuente
