Así es para mí una sesión de terapia
Hay cosas que no se pueden explicar en consulta, pero sí se pueden nombrar desde la experiencia.
Este texto es una forma de poner palabras a cómo vivo yo una sesión de terapia desde dentro.

A veces una sesión de terapia no empieza con una palabra. Empieza antes.
En cómo llegas. En cómo respiras. En lo que ya está pasando dentro sin haberlo dicho todavía.
Ser testigo en terapia
En terapia, hay algo que lo sostiene todo y que casi nunca se explica bien: cómo estás ahí.
Ser testigo no es mirar desde fuera. No es observar sin tocar nada.
Es estar dentro de lo que pasa… sin romperlo.
Sin empujar. Sin invadir. Sin correr a cerrarlo.
Estar dentro sin perderte
No es distancia.
Es presencia.
Una presencia que se queda cerca, que escucha, que nota lo que va pasando… no solo en lo que se dice, también en los silencios, en el cuerpo, en cómo cambia la respiración, en cuándo algo se cierra un poco o se abre.
Y eso no es algo "mental". Se siente.
No siempre hay una forma clara de nombrar lo que ocurre ahí dentro.
Pero algo se va organizando de otro modo cuando no es interrumpido.
La persona empieza a notar que no tiene que hacerlo todo sola dentro de sí.
Que puede sentir. Que puede pararse. Que puede no saber.
Y que eso no rompe nada, ni dentro ni en el vínculo.
Sostener sin empujar
Sostener, en terapia, a veces es muy simple.
Es no interrumpir lo que está intentando aparecer.
No traducirlo demasiado rápido. No llevarlo a una explicación antes de tiempo. No cerrar algo que todavía está vivo.
A veces es hablar. A veces es callar. A veces es solo quedarse.
Pero quedarse de verdad.
Esto es ser testigo, en esencia
No es mirar la vida del otro desde fuera.
Es estar dentro, sin invadir.
Dejarse tocar por lo que ocurre… sin perder el hilo del acompañamiento.
Y sostener un espacio donde lo que está pasando puede existir sin ser empujado fuera, ni obligado a desaparecer por dentro.
Hay algo muy humano en todo esto.
Poder estar con alguien mientras te pasa lo que te pasa.
Sin que te suelten. Sin que te empujen. Sin que tengas que explicarlo perfecto para que sea válido.
Solo… estar acompañado.
Y en ese momento, algo dentro afloja un poco.
No porque el dolor desaparezca.
Sino porque deja de estar sostenido en soledad.
A veces eso es lo que más conmueve.
Darte cuenta de que puedes sentir lo que sientes… y no tienes que hacerlo solo.
Y quizá ahí empieza lo más importante.
No en que todo cambie. Sino en quedarte contigo, incluso ahí.
Te espero dentro.
Y desde este lado, también hay algo que me atraviesa cada día.
Sentir contigo, con él, con ella.
Emocionarme contigo, con él, con ella.
Reconocer, de este lado de la piel, lo propio y lo ajeno sin separarlos del todo, como si a veces solo existiera el mismo movimiento humano pasando entre dos presencias.
Ser testigo de cada sesión me emociona profundamente.
Y da sentido, una y otra vez, a mi forma de estar y a este proyecto.
Ester
