¿Cómo te hablas cuando vuelves a estar sola?
Cuando todo queda en silencio, muchas veces empieza la conversación más importante del día.

Hay momentos del día en los que volvemos a encontrarnos con nosotros mismos sin apenas darnos cuenta. Después de una reunión, al cerrar la puerta de casa, mientras conducimos de vuelta o justo antes de dormir. Son instantes pequeños, cotidianos, en los que ya no hay nadie delante. Solo queda un poco de silencio.
Y es precisamente ahí donde muchas veces aparece la voz con la que nos hablamos.
A veces comenta lo que acaba de ocurrir. Otras anticipa lo que podría salir mal. En ocasiones nos recuerda un error con una dureza que no utilizaríamos con nadie a quien queremos. Es una voz tan familiar que dejamos de cuestionarla. Parece simplemente la verdad.
Sin embargo, pocas veces nos detenemos a ver cuándo empezó a hablar así.
En lo cotidiano se muestra de formas muy pequeñas. En cómo te dices "qué tonto" o "qué tonta" sin apenas darte cuenta al cerrar una puerta, en cómo repasas una conversación buscando la frase que faltó, en cómo te quedas un instante más de la cuenta en silencio después de algo incómodo como si pudieras corregirlo desde dentro.
Y sin darte cuenta, ya estás dentro de esa forma de hablarte.
Quizá esa voz no nació para hacer daño. Quizá, en algún momento, intentó ayudarte a no equivocarte tanto, a no exponerte demasiado, a no volver a sentir algo parecido a la vergüenza o al rechazo. Tal vez aprendió que, si era exigente, te mantenía más alerta; que si se adelantaba a la crítica, dolía un poco menos cuando venía de fuera.
No siempre lo consiguió. Pero durante un tiempo fue la forma que encontró de protegerte.
Y aun así, no solemos verla así cuando aparece.
Lo habitual es intentar hacer algo con lo que surge: discutirlo, corregirlo, empujarlo hacia otro lugar como si fuera posible cambiarlo en el mismo instante en el que aparece.
Pero hay otra posibilidad que no siempre se reconoce de inmediato, porque no tiene la sensación de estar haciendo nada especial.
Es simplemente darte cuenta de lo que ya está ocurriendo.
Te estás hablando así. Ahora. Mientras sucede.
Y durante unos segundos no hace falta intervenir, explicarlo ni corregirlo. Solo dejar espacio para verlo tal y como está.
A veces ese gesto se parece a una pequeña separación interna, casi imperceptible, como si algo en ti pudiera dejar de quedar completamente absorbido por la voz. No desapareces de lo que sientes, no te alejas de ti, pero dejas de confundirte del todo con lo que te estás diciendo.
Sigues ahí, con lo que aparece, pero ya no eres únicamente eso.
Y en ese pequeño desplazamiento ocurre algo importante.
La voz sigue hablando, pero deja de ocuparlo todo. Ya no define por completo lo que está pasando. No es toda la realidad. Es solo una parte de lo que está ocurriendo en ti.
Y en ese margen mínimo, que al principio dura apenas unos segundos, aparece algo distinto.
No una solución. No un cambio inmediato. Solo una forma diferente de estar con lo que sucede.
Una forma en la que la voz sigue ahí, pero ya no estás completamente dentro de ella.
Con el tiempo, hay algo que empieza a quedarse de forma distinta, aunque al principio casi no se note. No es una idea nueva ni una forma de pensar diferente. Es más bien una experiencia muy concreta que a veces aparece durante unos instantes: el recuerdo de haber estado contigo sin juicio, sin tener que corregirte constantemente, sin esa urgencia por hacerlo todo mejor.
Y algo de eso permanece, incluso cuando el momento ya ha pasado. No como algo claro o definido, sino como una referencia suave que a veces vuelve sin que la busques.
La voz de siempre no desaparece. Sigue apareciendo, con su manera conocida de hablarte, con sus exigencias, con su intento constante de anticipar lo que podría salir mal. No deja de estar ahí solo porque entiendas algo nuevo sobre ella.
Pero en algunos momentos, cada vez más frecuentes aunque todavía frágiles, ocurre algo distinto.
Estás solo, y lo notas.
Y al mismo tiempo notas también que no estás completamente atrapado en lo que te estás diciendo.
No hay un gran cambio. No hay una transformación evidente. Solo un espacio pequeño, casi silencioso, en el que puedes darte cuenta de que hay algo en ti que no se reduce a esa voz.
A veces basta con eso.
Con poder quedarte ahí un instante sin seguir el impulso de corregirte, sin intentar resolver lo que piensas, sin convertir ese momento en otra tarea pendiente.
Y quizá con el tiempo, sin que nadie pueda señalar exactamente cuándo ocurre, descubras que esta forma de estar contigo no llega de una vez. No se consigue. Se va reconociendo.
En días distintos. En momentos pequeños. En ese segundo en el que vuelves a casa y todavía no has empezado a exigirte.
En ese instante breve en el que, sin darte cuenta, estás contigo sin pelear contigo.
Y quizá eso no cambie todo.
Pero cambia la forma en la que estás contigo cuando todo lo demás sigue igual.
Te abrazo,
Ester de la Fuente
