¿Cómo te hablas cuando vuelves a estar sola?

01.10.2026

Cuando todo queda en silencio, muchas veces empieza la conversación más importante del día. 


Hay momentos en los que volvemos a encontrarnos con nosotros mismos sin apenas darnos cuenta.

Después de una reunión, al cerrar la puerta de casa, mientras conducimos de vuelta o justo antes de dormir. Momentos pequeños en los que ya no hay nadie delante y el día parece hacer un poco de espacio.

Y es entonces cuando aparece esa voz que conocemos tan bien.

A veces comenta lo que acaba de ocurrir. Otras anticipa lo que podría salir mal. Puede repasar una conversación una y otra vez, señalar aquello que hicimos mal o recordarnos, con una dureza que quizá no utilizaríamos con nadie a quien queremos, que deberíamos haberlo hecho de otra manera.

Es una voz tan familiar que muchas veces ni siquiera nos damos cuenta de cómo nos estamos hablando.

Simplemente pensamos que estamos viendo las cosas como son.

A veces, ese diálogo interno se ha vuelto tan habitual que apenas reparamos en el tono con el que nos hablamos. La autocrítica puede parecernos una forma de ver las cosas con realismo, cuando en realidad también refleja una manera aprendida de relacionarnos con nosotros mismos. 

Quizá por eso merece la pena detenerse un momento y preguntarse: ¿Cuándo aprendí a hablarme así?

Porque esa voz no siempre nació para hacernos daño.

Puede que, en algún momento, intentara ayudarnos a no equivocarnos demasiado, a no llamar la atención, a estar pendientes de lo que podía pasar. Tal vez aprendió que era mejor exigirse antes de que alguien exigiera, adelantarse a la crítica antes de recibirla o revisar cada detalle para intentar no volver a sentir vergüenza, rechazo o decepción.

No siempre lo consiguió.

Pero quizá durante un tiempo esa fue la manera que encontró de protegerte.

Y cuando algo ha formado parte de nosotros durante mucho tiempo, resulta difícil reconocer que también podemos relacionarnos con ello de otra manera.

Lo habitual es intentar cambiar esa voz en cuanto aparece.

Decirnos que no deberíamos pensar así, buscar otra explicación, obligarnos a ser más amables o intentar sustituir inmediatamente una frase dura por otra más positiva.

Pero quizá no sea necesario empezar por ahí.

Quizá el primer paso sea mucho más sencillo: darte cuenta de que te estás hablando así.

No después, cuando ya ha pasado.

En ese mismo momento.

Cuando aparece el "qué he hecho", el "otra vez igual", el "debería haberlo sabido" o cualquier otra frase que te resulte conocida.

Parar un instante y escucharla sin discutir con ella.

No para darle la razón. Tampoco para justificarla.

Solo para poder verla.

Porque cuando conseguimos observar algo que está ocurriendo dentro de nosotros, aunque sea durante unos segundos, ya no estamos completamente dentro de ello.

Hay una pequeña distancia.

Sigues sintiendo lo que estás sintiendo. El error sigue ahí, la conversación sigue habiendo ocurrido y quizá todavía te duela lo que ha pasado.

Pero aparece algo nuevo: puedes escuchar esa voz sin tener que obedecer inmediatamente lo que dice.

Y en ese pequeño espacio puedes empezar a preguntarte qué está pasando realmente.

¿Estoy decepcionado conmigo?

¿Tengo miedo de haber hecho daño?

¿Estoy intentando evitar que vuelva a ocurrir?

¿Estoy tratando de anticiparme a lo que alguien podría pensar de mí?

No hace falta encontrar la respuesta.

A veces basta con dejar de pelearte con lo que aparece y poder permanecer un momento junto a ello.

Eso también es estar contigo.

Y quizá ahí empieza a construirse algo que no se consigue de golpe.

Una experiencia diferente de estar a tu lado cuando las cosas no salen como esperabas.

No significa que la voz crítica desaparezca. Probablemente seguirá apareciendo. Hay formas de hablarnos que están muy arraigadas y que no cambian simplemente porque comprendamos de dónde vienen.

Pero puede ocurrir que, poco a poco, dejes de creer que esa voz tiene siempre la última palabra.

Que puedas reconocerla cuando aparece.

Que puedas escuchar su exigencia y, al mismo tiempo, notar que hay algo más en ti.

Algo que puede quedarse.

Que puede mirar lo ocurrido sin convertirlo inmediatamente en un juicio sobre quién eres.

Que puede decir: esto no ha salido como quería sin añadir y por eso hay algo malo en mí.

Quizá esa otra manera de estar contigo no tenga al principio una voz tan fuerte.

Tal vez apenas se note.

Puede aparecer cuando cierras la puerta de casa y te das cuenta de que llevas todo el camino repasando lo ocurrido. O cuando te descubres a punto de castigarte por un error y, por un instante, haces una pausa.

No para resolverlo.

Solo para no seguir haciéndote daño mientras lo miras.

Y con el tiempo, esos pequeños momentos pueden convertirse en algo reconocible.

No en una nueva obligación de hablarte bien todo el tiempo, ni en la necesidad de convertirte en una persona positiva y tranquila.

Más bien en la posibilidad de descubrir que puedes estar contigo de otra manera.

También cuando te equivocas.

También cuando no sabes qué hacer.

También cuando estás a solas y ya no hay nadie que pueda decirte cómo deberías sentirte.

Porque quizá una parte importante de aprender a estar contigo no consiste en conseguir que esa voz deje de hablar.

Consiste en que, cuando vuelva a hacerlo, tú puedas seguir ahí sin confundirte completamente con lo que dice. Y quizá puedas empezar a responderte de otra manera: estoy aprendiendo a hacerlo diferente. Estoy aprendiendo a ser amable conmigo.

Te abrazo,

Ester de la Fuente

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